
Caminaba por la calle en un día muy caluroso, el sol me daba justo en la cara y mis pestañas chispeaban sudor. Cerca de mí rondaba un indigente desnudo que parecía tener solo piel sobre los huesos, que mala suerte. Al llegar a la esquina un concierto de cláxones me esperaba gracias a un semáforo malogrado y a la directora de orquesta: una tomba.
Ajetreado por el ruido y el calor, me tocaba subir a una combi que no dudó en parar todo el tráfico, el cobrador me ordenó que me acomodara. Una vez dentro, donde hacía aún más ruido y calor, algo llamó mi atención; un aroma familiar me transportaba a otro lugar.
De pronto podía ver un pequeño cuarto desordenado pero muy acogedor, un televisor pequeñito susurraba lo útil q era, y unos sostenes colgados que sugerían que no estaba solo. Entonces lo recordé, su aroma me envío hacia aquel sofocante y estruendoso día, a esa estruendosa y sofocante combi en que la conocí. Ahora estaba a mi lado, dándome la espalda y casi podía sentir el sonido de las lágrimas acariciando su rostro. Mi memoria la había purificado, fue el último día que la vi.
Ajetreado por el ruido y el calor, me tocaba subir a una combi que no dudó en parar todo el tráfico, el cobrador me ordenó que me acomodara. Una vez dentro, donde hacía aún más ruido y calor, algo llamó mi atención; un aroma familiar me transportaba a otro lugar.
De pronto podía ver un pequeño cuarto desordenado pero muy acogedor, un televisor pequeñito susurraba lo útil q era, y unos sostenes colgados que sugerían que no estaba solo. Entonces lo recordé, su aroma me envío hacia aquel sofocante y estruendoso día, a esa estruendosa y sofocante combi en que la conocí. Ahora estaba a mi lado, dándome la espalda y casi podía sentir el sonido de las lágrimas acariciando su rostro. Mi memoria la había purificado, fue el último día que la vi.
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