martes, 22 de diciembre de 2009

El canto de los pájaros





Los pájaros ya cantaban su molesta melodía y un fuerte dolor de cabeza se le sumaba a la luz tenue de la noche que ya no es noche.

Me paré y aparecí en el baño mirándome al espejo, tenía un sabor vomitivo en la boca. Un pájaro muy grande me miraba por la ventana, era perturbador, cerré las cortinas.

Ese canto infernal era como piedras rebotando en mi cabeza, abrí los ojos una vez más y de pronto todo se veía más oscuro. El miedo me seguía a donde fuese, malditos pájaros.

Ya no podía ver nada así que prendí la luz, pude verme ensangrentado y mi temor se convirtió en terror, corrí desesperadamente por todos los cuartos y jardines hasta llegar donde la culpa me esperaba. Los cuerpos de mis padres yacían inmóviles sobre sus mantas, se veían húmedos, tiesos. La sordidez me despertó.

A mi fría celda se acercaban mis verdugos, podía oírlos, pero no tan bien como al canto de mis cómplices que me decían que ya era hora.
Alberto Vecco

jueves, 26 de noviembre de 2009

El sepulturero


Mi vida siempre ha sido monótona, tranquila, apacible, nunca me jactaría de ser extrovertido y menos impulsivo. Lamentablemente el destino a veces nos juega malas pasadas y algunas de ellas son definitorias de una vida.

Yo era un sujeto muy delgado, nunca me tomé la molestia ejercitarme, mi rostro no era el de Brad Pitt pero tampoco el de Rocky después de una dramática pelea. Me veía a mí mismo como una estrella de rock, al menos me habría gustado serlo, ya que nunca me atreví a contrariar a mi madre y a ella le gustaban las camisas bajo los pantalones y los zapatos bien lustrados.

Me sentía dichoso ya que una linda chica se había fijado en mí. Aquella noche sabatina que decidimos ir a bailar a una discoteca, se nos cruzaron unos tipos borrachos, uno de ellos estaba lleno de tatuajes y el otro pues parecía un luchador de sumo, empezaron a piropear a Martha, seguimos de largo.

Después de un par de horas, salimos de la discoteca y ahí estaban aquellos sujetos, se acercaron, jalonearon a Martha, trate de defenderla, me golpearon, uno sacó un cuchillo, nos caímos al suelo, el cuchillo se incrustó en su pecho, yo en la cárcel.

Una vez tras las rejas, conocí a Pablo el sepulturero de la cárcel, le propuse un trato: me enterraría junto a un cadáver y luego, cuando nadie se diera cuenta me sacaría. Pues aquí estoy bajo tierra, ya llevo varias horas esperando y ya no aguanto, creo que he encontrado un fósforo, me pregunto quién será mi frío acompañante, se parece a Pablo.
Alberto Vecco