
Los pájaros ya cantaban su molesta melodía y un fuerte dolor de cabeza se le sumaba a la luz tenue de la noche que ya no es noche.
Me paré y aparecí en el baño mirándome al espejo, tenía un sabor vomitivo en la boca. Un pájaro muy grande me miraba por la ventana, era perturbador, cerré las cortinas.
Ese canto infernal era como piedras rebotando en mi cabeza, abrí los ojos una vez más y de pronto todo se veía más oscuro. El miedo me seguía a donde fuese, malditos pájaros.
Ya no podía ver nada así que prendí la luz, pude verme ensangrentado y mi temor se convirtió en terror, corrí desesperadamente por todos los cuartos y jardines hasta llegar donde la culpa me esperaba. Los cuerpos de mis padres yacían inmóviles sobre sus mantas, se veían húmedos, tiesos. La sordidez me despertó.
A mi fría celda se acercaban mis verdugos, podía oírlos, pero no tan bien como al canto de mis cómplices que me decían que ya era hora.
Alberto Vecco